Él había cambiado. O eso intentaba. Había dejado atrás la noche, la cocaína, los tratos sucios, y ahora, con 46 años, era apenas un estudiante tardío de Derecho, alguien que aprendía a vivir en el filo entre su pasado oscuro y un futuro aún incierto.
Ella lo había visto unas pocas veces y la atracción fue inmediata, instintiva… hubo un contacto, si, pero se desató toda una vorágine de mediocridad a su alrededor intentando cambiar su opinión: «no te fies de el, es un monstruo» «no te imaginas como hablan de el lo suyos…» repetían voces hipócritas que mostraban una cara totalmente distinta en su presencia…
Ella sentía repulsión por ese nivel de hipocresia, pero no podía escapar del escrutinio social, y ya había decidido que ese tipo… ese tipo tan inexplicable, ese tipo era un peligro. Por distintas y poderosas razones, igualmente inexplicables… Ella sabía que no.
Familiares de él, disfrazados de amigos, habían vertido sobre ella un río de veneno: historias falsas, medias verdades, susurros de locura, de violencia, de delincuencia. Cuando ocurrió el incidente en el bar —un malentendido inflamado de orgullo, de silencios, de miradas torcidas— todo estalló como si fuera inevitable.
Ella lo provocaba con sonrisas de desprecio. El chico, su nuevo juguete, jugaba su parte también, sosteniendo la tensión como quien tienta a un animal encadenado. Él, al principio, respondía con palabras: mensajes conciliadores, ofrecimientos de tregua, intentos de arreglar el asunto sin más violencia que la de una voz cansada y una mirada fija en el suelo. Pero nada de esto sirvió. Ella se creció en su arrogancia, sintiendo el control mientras los días pasaban.
Y entonces, la presión hizo su trabajo: él, hastiado de las provocaciones, recurrió a las viejas costumbres, las que había aprendido en la calle, las que había jurado no volver a usar. No era un hombre violento, pero sí uno de los que sabe manejar las sombras sin dejarse consumir por ellas. «Que se asusten», pensó. No haría nada, solo «encargaría».
La policía, sumida en su persecución implacable, entendiéndose impunes, la utilizaron a ella para acusarlo de lo unico que jamas habian podido: dañar s alguien inocente. Ya se inventarian ellos las pruebas y los testigos si era necesario. siempre en connivencia con ella, le susurró al oído que era peligroso, que estaba armado, que estaba conectado con gente peligrosa. Todo un juego de sombras que, sin embargo, no correspondía con la realidad. Él, tranquilo y contenido, no mostró jamás la furia de quien ha sido forzado a sobrevivir a lo largo de años de acoso y persecución. Pero los rumores y las acusaciones, esos sí que corrían rápido. Ella, al escuchar esas advertencias, sintió el vértigo de la duda. ¿Quién era realmente él? ¿El hombre ermitaño, casi invisible que mostraba a su alrededor o el temido ser que sugerían las voces de la policía?
Algo se rompió en su interior, una grieta en la que la curiosidad, el miedo y una insostenible atracción se colaron. Pero la necesidad de aprobación social la había condenado a no poder dar el paso hacia el entendimiento. No aún.Y así, entre sombras, mentiras y verdades a medias, comenzó el verdadero conflicto, el que no solo involucraba a él, sino a los demonios que ella había estado cargando toda su vida, al menos hasta que esa tarde, después de todo, algo en ella finalmente cedió: no podía ser! Demasiadas incongruencias! Debia investigar más. Quien era realmente ese tipo con tantos enemigos… Y tan poderosos amigos.
(un simple borrador. Tengo docenas de fragmentos muy interesantes. El tdah me obliga a plantearme un objetivo pequeño, como un relato corto para el metro… O si me veo fuerte un ensayo… Veremos)